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En síntesis no sé qué será. 

No voy a hablar de banalidades o cursilerías del tamaño de ” es su sonrisa la que me tiene loca” o ” tiene un no-sé-qué-no-sé-dónde”. No, para él no aplican. No aplican porque no sé ni lo que siento, pero una voz susurra en mi oído que está naciendo algo lindo entre nosotros. Es por la sonrisa que se dibuja en mi boca cuando hablamos, por el rumbo que toman mis latidos, por esa magia que percibe mi sexto sentido, ¿Me hago entender?

¿Entender? Es la loca de la razón la que quiere que entienda lo que pasa. La que me hace formular mil porqués, la que me llena la cabecita de telarañas, la que hace que quiera ponerle un nombre a esto, la que busca tener el todo o nada y me dice que no soy de medias tintas, la loca de la razón me invitaría a preguntarle qué está pasando entre nosotros pero también hay otra loca. La loca intuición, esa misma que me impulsa a seguir el juego, a no preguntar, a sentir y dejar fluír. A no buscar explicaciones o a evadir ponerle nombre, a eliminar y no limitar las respuestas, la que me dice que efectivamente hay algo así no sepa qué es. Sería la que me impulsaría a besarlo, a vivir el instante y dejar salir lo que tengo adentro, con poesía pero sin cursilería…

 

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Celos

Celos.

Ce-los.

Una palabra amarga, pero no puedo evitar pensar en ella, en las peores dos sílabas que jamás se han unido para intentar armonizarse. Pero algo así jamás será armonía, así como tu y yo no lo somos ¿Son los celos expresión de amor? Son los celos el indicio que me dice que me estoy empezando a enamorar.

Suena duro, suena fuerte y revelador. Hace menos de un mes suspiraba por otro, pero así es la vida. Uno no se da ni cuenta, cuando de repente comienza a sonreír con las palabras de alguien. Cuando comienza a imaginar su presencia en las más oscuras de las horas y en los más claros de los días, cuando las palabras que cruzan comienzan a suscitar un latidito en el corazón, haciendo que aparezca una sonrisa y que ruegue para que las palabras nunca dejen de salir, que la conexión perdure.

Celos  porque quiero que esa mirada me mire a mi. Quiero ver esos ojos enamorados, quiero ver la cara que pones cuando ves que te hablo, quiero escucharte hablar, sentir tu abrazo protector y ser una extensión de tu cuerpo, especialmente en estas noches de frío y soledad. Quiero tenerte, te quiero querer y quiero que me quieras. Aquí, a mi lado, o allá, a tu lado. Me es indiferente dónde, el todo es poder suspirar por esa sonrisa, y que te des cuenta que me estoy empezando a enamorar. Compartir un café, bailar bajo la lluvia, beber el más dulce de los vinos, mirar en silencio la luna, caminar tomados de la mano escuchando nuestros pasos, mirarte con complicidad, saber que estás conmigo y no te vas de mi lado. No sentir más celos ni amargura por no tenerte, saber que por fin me he enamorado del hombre que es.

Carta de despedida

Esta es una carta de despedida, la última. Lo estaba prolongando, pero la incertidumbre no es lo tuyo ni lo mío. Lo llamas “racionalidad”. Yo lo llamaría de otra forma que no viene al caso nombrar. Porque fue un amor que nunca tuvo pies ni cabeza y mucho menos nombre alguno, pero recuerdo que la primera vez que te escribí fue cuando empezamos, hace varias lunas. ¡Qué vueltas las que da la vida! Otra vez, yo aquí frente a una hoja en blanco escribiéndole a la misma persona, pero las circunstancias han cambiado tanto. Es cuestión de paciencia y reconciliación, aceptación… pero no sé por dónde empezar, todo está demasiado reciente.  Te lo juro, me duele en el alma verte así, ver esos ojos que antes brillaban de alegría y de ilusión tan decaídos, verlos cerrarse como cae el sol: lenta y dolorosamente. Me buscas para hablar y no sé qué esperar. No pronuncias esas palabras pero no es necesario que tu boca las emita para que se desgarre en trozos pequeños lo que llevo dentro, porque son demasiado pesadas las cargas, hay demasiado afecto de por medio y soy demasiado frágil: puse demasiado de mí en tí.  No es cuestión tuya, no es cuestión mía: quizá es tarde pero considero que es necesario dejar todo aquí por ti, por nosotros, pero principalmente por mí. No puedo seguir en este juego que ni siquiera es juego. No puedo seguir loca de amor perdiendo cada pare de mí en un absurdo miedo irracional, en una causa perdida. Sí, eres demasiado inmaduro… pero así te quiero. Tus besos me harán falta, lo juro pero sé que aunque nos hizo falta tiempo no necesitamos más días. No podemos hacernos más daño, no puedo hacerme más daño, no puedo permitirme seguir en una causa perdida que por ahora parece ser una embarcación en el naufragio más profundo y absoluto. Es un final, pero dicen que el silencio va aligerando cargas, y supongo que al final cada planeta encuentra su órbita y sus lunas. 

Dosis de romanticismo

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Eso es lo que me molesta. El hecho de tenerlo tan cerca pero a la vez tan lejos, de tenerlo siempre y perderlo en un instante fugaz como consecuencia de la cobardía sin piedad que se apodera de mí cuando usted aparece, intento hacerme la loca bajando la mirada mientras mi corazón late más fuerte amenazando con salir, mis manos sudan y mi cara palidece, al tiempo que levemente aparece una mueca que intenta ser una sonrisa pero parece más un gesto de dolor. Así lo  pierdo a usted, quien cada vez con más descaro se va alejando lentamente de mi, sin siquiera darse cuenta de mis ojos inquisidores en su espalda, de mi caminar apresurado intentando alcanzar aunque sea un leve halo de su aliento o de su olor. Me toca acostumbrarme a tenerlo, pero de lejos. A contentarme con mirar su mirada mirando otros ojos, sin saber si algún día usted soñó conmigo, sin saber si algún día pensó en mi, sin saber si algún día sintió lo que yo siento, sin saberlo mío, sin saberlo cerca.

Que yo me enamoro fácil, quiero fácil, amo fácil. Pero para olvidar cosas bonitas me queda difícil. Me queda difícil olvidarlo, olvidar esa boca hablante de la que salen sonrisas y palabras ambivalentes, esa boca con la que tantas veces soñé y que sólo tocó mi mejilla mientras por dentro el fuego se encendía sin piedad. Que yo me río sola y hago estupideces cuando me enamoro, pero usted señor es un capricho que se me está saliendo de las manos y ya no sé como controlar este torrente que amenaza con irrumpir con el mismo ímpetu con el que usted llegó a mi vida.

Bertha y la D

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Bertha era una señora. Una señora con una familia, una señora de pelo corto que al parecer tenía todo lo que se necesitaba para ser feliz, pero ella no lo era.

Bertha tenía algo adentro, no sé si en su corazón, no sé si en su mente, si en su cerebro, si en lo más profundo de su alma, pero tenía algo. Tampoco sé que era, tengo una sospecha, eso era algo tan inconcluso y tan inalcanzable, tan invisible, pero con tantos efectos devastadores no sólo en ella sino en los demás.

Cuando ese algo llegaba, el estado de ánimo de Bertha cambiaba. Dejaba de sonreír lo poco que sonreía, dejaba de estar en el computador, dejaba de leer, dejaba de hacer todo lo que le correspondía y pasaba a vagar errante, dejaba de salir, dejaba de comer y su rostro le cambiaba, arrugaba el ceño y hacía una mueca con la boca ya por todos conocida.

Todos, esos mismos que conocían esa mueca sabían entonces que algo estaba sucediendo, no sólo por sus gestos sino también porque comenzaba a tener una actitud diferente, a alegar, a gritar, a pelear. No comentarios positivos. No sonrisas, sólo un aparente odio irracional, una oscuridad que parecía haberla nublado, porque de repente se transformaba y transformaba el ambiente. Luego, después del enojo, venía lo peor. Un dolor de cabeza o de músculos que le duraba días, días en los que sólo estaba en su cama, cobijada, en pijama. Tomaba pastillas para el dolor de cabeza, para el dolor de ojos, para el de músculos pero ninguna para lo que en verdad tenía: pastillas para la depresión, porque obviamente no aceptaba esta condición y no quería visitar ningún médico. Lloraba ocasionalmente, y se quejaba como nadie, pero no buscaba apoyo en los seres queridos: por el contrario parecía en una guerra absoluta contra ellos quienes no entendían lo que estaba sucediendo, sólo se limitaban a hacer lo mínimo para molestarla y para alborotar su ira.

Usualmente estas crisis le daban cada 2 meses, y duraba entre 3 y 5 días en la cama, confundiendo el dolor del alma con el dolor del cuerpo, creyendo que esa inconformidad que tenía con ella misma era simple desprecio que los demás sentían por ella. Estaba usando un mecanismo de defensa que se llama proyección y evadía los cuestionamientos de los demás y sus intentos por ayudarla metiéndose en una coraza de dureza

¿Cómo salía de esto?

Entonces su esposo, quien bien sabía lo que ella tenía, la persuadía de pedir una cita donde la bioenergética, quien también sabía de sobra que Bertha lidiaba con la D. No sé si la D es genética, si es por el ambiente, o por ambas, sólo sé que entonces a Bertha le inyectaban un liquidito y le cuadraban la energía, y esto era suficiente para calmarla de esas crisis, para detenerla y mantenerla estable por lo menos por un tiempo, ella se convencía que su dolor físico era el causante de todos sus males, así que aparentemente esta cita con la doctora la aliviaba.

Bertha luchaba con la D, que intentaba matarla y matar todo lo que ella tenía, intentaba acabar con ella. El problema era que esta mujer no sabía a qué se enfrentaba y no quería averiguarlo.

Perderme.

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No volver a encontrar inspiración para escribir, jamás. No volverlo a encontrar como inspiración para escribir porque primero me tengo que encontrar. Demasiado perdida en el amor, demasiado perdida en el romanticismo que me genera cada día la vida, perdida en otro, en otros.

No volverlo a encontrar en el mismo punto, en la misma silla, los mismos días, tan concentrado, tan absorto en sus pensamientos, no volver a encontrarme mirándolo, mirando esos ojos que van devorando letras, esa boca que toma el más caliente de los cafés, dejar de perderme en ese  momento en que levemente coinciden las miradas y recordar que siempre de un salto me pierdo en otra parte para que no me descubra.

No volver a soñar con esa sonrisa, con esos dientes que no se cansan de asomarse, sonrisa que aunque pocas veces me dedicó, se grabó para siempre adentro, en el fondo, en la caja negra, ahí en esa partecita que ni siquiera sabía que tenía. No volver a perderme en eso que me hace sentir, ese sinnúmero de reacciones fisiológicas, psicológicas, reacciones anormales que no controlo y se escapan, por mucho esfuerzo que pongo en intentar mantener la racionalidad, la calma.

No se trata de controlarme, de reprimirme, de dejar de sentir, de tratar de hacer que mi corazón deje su tendencia de “amador romántico”. Tampoco se trata de volverme fría y tenue, de dejar que la vida pase mientras espero sentada bajo cualquier árbol, y mucho menos se trata de olvidarlo así, de golpe. Se trata de hacer primero lo primero. Primero me tengo que encontrar, empezar por emprender un viaje hacia mi interior. Una búsqueda profunda, un viaje sin maletas, de autoconocimiento, ocuparme de mi misma, saberme, conocer cada pedazo, cada resquicio, cada rincón, cada pequeña sensación que me hace mujer, porque antes de perderme en él o en algún otro, me tengo que encontrar en mi misma.

La última noche

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En ese instante, todo se le pasó por la cabeza. El ruido la enceguecía, no entendía lo que estaba pasando.

La noche que había tenido parecía lejana e irreal.

Recordó cómo se había arreglado unas horas antes. Con gran cuidado había elegido lo que se pondría para esa ocasión tan especial, se había peinado y maquillado mirando la nueva mujer que estaba frente al espejo del tocador de su abuela, sus ojos no eran los mismos de antes, se había descubierto un extraño resplandor en la mirada. “Creo que amo a ese hombre, sin duda alguna” pensó y esbozó una sonrisa al percatarse de su aparente contradicción

“El amor no sigue lógica alguna ni tiene razón” lo había escuchado decirle al oído un día entre copas y cada vez estaba más segura de eso, sólo lo dudaba cuando se perdía en el café de sus ojos que la tenía desvelada hacía noches.

Fueron a un restaurante de esos en los que ponen candelabros con velitas blancas que al iluminar dan una atmósfera amarillenta y acogedora. Un lugar donde los meseros vestían como pingüinos y caminaban con una elegancia que parecía mágica, parecían elevarse todos al tiempo y bailar mientras servían champaña o vinos espumosos. Había un guitarrista en el fondo que suavemente ambientaba con sus sensuales notas el lugar.

Ella nunca había estado en un lugar así, y menos con una compañía tan hermosa, se le aguaron los ojos al entrar y al mirarlo mientras la miraba rebosante de alegría.

La cena fue mágica. No sólo por el lugar y ese ambiente, sino por la compañía y la conexión que había entre ambos. Se habían conocido hacía dos años, y todo había transcurrido como cualquiera había deseado, era la relación más bonita, todo lo que había esperado por un hombre como él había valido la pena, todo cobró sentido al verlo pararse entre el plato principal y el postre, con la copa en la mano intentando no derramar el vino mientras sacaba de su chaqueta una cajita de terciopelo roja con  un anillo……..

“¿Te quieres casar conmigo?”

No lo había dudado ni un segundo, entre lágrimas y entre el aplauso de los demás comensales habían sellado todo con un beso. Sabía que desde ese momento todo cambiaría.

Y si que tenía razón. Iban en el carro felices, riendo y planeando todo para la boda, la fecha, el lugar, no lo podían creer. Estaba oscura la noche y de repente una luz blanca los cegó. Gritaron y él perdió el control del carro, se tomaron de las manos y ahora sentía que estaba en un lugar lejano, lentamente dejaba de sentir latir su corazón…….. “Te amo” susurró.

Lo último que escuchó fue el caer del anillo en el suelo y la ambulancia que se aproximaba.