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Celos

Celos.

Ce-los.

Una palabra amarga, pero no puedo evitar pensar en ella, en las peores dos sílabas que jamás se han unido para intentar armonizarse. Pero algo así jamás será armonía, así como tu y yo no lo somos ¿Son los celos expresión de amor? Son los celos el indicio que me dice que me estoy empezando a enamorar.

Suena duro, suena fuerte y revelador. Hace menos de un mes suspiraba por otro, pero así es la vida. Uno no se da ni cuenta, cuando de repente comienza a sonreír con las palabras de alguien. Cuando comienza a imaginar su presencia en las más oscuras de las horas y en los más claros de los días, cuando las palabras que cruzan comienzan a suscitar un latidito en el corazón, haciendo que aparezca una sonrisa y que ruegue para que las palabras nunca dejen de salir, que la conexión perdure.

Celos  porque quiero que esa mirada me mire a mi. Quiero ver esos ojos enamorados, quiero ver la cara que pones cuando ves que te hablo, quiero escucharte hablar, sentir tu abrazo protector y ser una extensión de tu cuerpo, especialmente en estas noches de frío y soledad. Quiero tenerte, te quiero querer y quiero que me quieras. Aquí, a mi lado, o allá, a tu lado. Me es indiferente dónde, el todo es poder suspirar por esa sonrisa, y que te des cuenta que me estoy empezando a enamorar. Compartir un café, bailar bajo la lluvia, beber el más dulce de los vinos, mirar en silencio la luna, caminar tomados de la mano escuchando nuestros pasos, mirarte con complicidad, saber que estás conmigo y no te vas de mi lado. No sentir más celos ni amargura por no tenerte, saber que por fin me he enamorado del hombre que es.

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Carta de despedida

Esta es una carta de despedida, la última. Lo estaba prolongando, pero la incertidumbre no es lo tuyo ni lo mío. Lo llamas “racionalidad”. Yo lo llamaría de otra forma que no viene al caso nombrar. Porque fue un amor que nunca tuvo pies ni cabeza y mucho menos nombre alguno, pero recuerdo que la primera vez que te escribí fue cuando empezamos, hace varias lunas. ¡Qué vueltas las que da la vida! Otra vez, yo aquí frente a una hoja en blanco escribiéndole a la misma persona, pero las circunstancias han cambiado tanto. Es cuestión de paciencia y reconciliación, aceptación… pero no sé por dónde empezar, todo está demasiado reciente.  Te lo juro, me duele en el alma verte así, ver esos ojos que antes brillaban de alegría y de ilusión tan decaídos, verlos cerrarse como cae el sol: lenta y dolorosamente. Me buscas para hablar y no sé qué esperar. No pronuncias esas palabras pero no es necesario que tu boca las emita para que se desgarre en trozos pequeños lo que llevo dentro, porque son demasiado pesadas las cargas, hay demasiado afecto de por medio y soy demasiado frágil: puse demasiado de mí en tí.  No es cuestión tuya, no es cuestión mía: quizá es tarde pero considero que es necesario dejar todo aquí por ti, por nosotros, pero principalmente por mí. No puedo seguir en este juego que ni siquiera es juego. No puedo seguir loca de amor perdiendo cada pare de mí en un absurdo miedo irracional, en una causa perdida. Sí, eres demasiado inmaduro… pero así te quiero. Tus besos me harán falta, lo juro pero sé que aunque nos hizo falta tiempo no necesitamos más días. No podemos hacernos más daño, no puedo hacerme más daño, no puedo permitirme seguir en una causa perdida que por ahora parece ser una embarcación en el naufragio más profundo y absoluto. Es un final, pero dicen que el silencio va aligerando cargas, y supongo que al final cada planeta encuentra su órbita y sus lunas. 

Dosis de romanticismo

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Eso es lo que me molesta. El hecho de tenerlo tan cerca pero a la vez tan lejos, de tenerlo siempre y perderlo en un instante fugaz como consecuencia de la cobardía sin piedad que se apodera de mí cuando usted aparece, intento hacerme la loca bajando la mirada mientras mi corazón late más fuerte amenazando con salir, mis manos sudan y mi cara palidece, al tiempo que levemente aparece una mueca que intenta ser una sonrisa pero parece más un gesto de dolor. Así lo  pierdo a usted, quien cada vez con más descaro se va alejando lentamente de mi, sin siquiera darse cuenta de mis ojos inquisidores en su espalda, de mi caminar apresurado intentando alcanzar aunque sea un leve halo de su aliento o de su olor. Me toca acostumbrarme a tenerlo, pero de lejos. A contentarme con mirar su mirada mirando otros ojos, sin saber si algún día usted soñó conmigo, sin saber si algún día pensó en mi, sin saber si algún día sintió lo que yo siento, sin saberlo mío, sin saberlo cerca.

Que yo me enamoro fácil, quiero fácil, amo fácil. Pero para olvidar cosas bonitas me queda difícil. Me queda difícil olvidarlo, olvidar esa boca hablante de la que salen sonrisas y palabras ambivalentes, esa boca con la que tantas veces soñé y que sólo tocó mi mejilla mientras por dentro el fuego se encendía sin piedad. Que yo me río sola y hago estupideces cuando me enamoro, pero usted señor es un capricho que se me está saliendo de las manos y ya no sé como controlar este torrente que amenaza con irrumpir con el mismo ímpetu con el que usted llegó a mi vida.

Lo justo

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El techo era de madera. Cuando hacía verano, ese calor que se lograba colar se hacía insoportable, hacía que cada pedazo de piel quemase y el ventilador que había en el otro extremo de la pieza no era suficiente, la densidad de ese calor se hacía fuerte e imposible de evitar. En cambio cuando llovía, ese techo de madera era la mayor bendición porque las gotas de la lluvia sonaban  lenta, dulce y cadenciosamente acompañando ese sueño ligero o a veces profundo de ella, la arrullaba, hacía que sus párpados se fuesen cerrando con cuidado y ella cayera rendida sobre su almohada que no era de plumas pero que era muy suave.

Esa noche en particular era una noche fría, oscura y de luna. Llovía desde temprano en la tarde y había oscurecido temprano, pero ella no podía dormir, la lluvia no la arrullaba y su cama parecía que incómodamente la rechazaba. Esta vez era insomnio. Era insomnio pero no tenía que preguntarse el por qué de lo difícil que resultaba dormir, sin tener que pensarlo sabía la razón. Era él quien se había metido en su cuerpo sin tan siquiera tocarla, cada recuerdo y pensamiento de aquello que podrían ser le tallaba cada músculo, cada partecita y cada pequeña fibra.

No lo conocía hacía mucho tiempo, pero tampoco hacía poco. Hacía el justo tiempo  lo conocía, lo justo para desvelarse por él, lo justo para sentir algo y para saber que había algo. Lo justo para no poderlo sacar de su mente en esa noche, lo justo para extrañar el último día que se vieron y hablaron.  Quería ir a buscarlo, llamarlo, hablarle, ir a tocar su puerta, hacer cualquier cosa para tenerlo cerca, había miedo obviamente pero quería demostrarse a sí misma que era capaz. Siempre buscamos lo seguro, optamos por lo predecible y evitamos a toda costa aventurarnos a lo nuevo, a lo desconocido, a experimentar nuevas experiencias, nuevas cosas, nuevos sentimientos, caricias diferentes, sabores, saberes, no nos aventuramos a probar mieles diferentes.

Por impulso se levantó. Había decidido hacer lo justo. Cerró la puerta para no despertar a nadie y prendió la luz. ¿Quién iba a estar despierto en esa noche lluviosa? Nadie, solo ella y su soledad, ella y su conciencia, ella y el recuerdo de él, ella y esas ansias locas de verlo sonreír, de ver esa mirada soñadora mirándola, de ver esos dedos y soñarlos sobre ella. Prendió el computador  “Documento 1”. Ni se tomó la molestia de poner la convencional letra arial 12. El corazón le latía demasiado rápido y fuerte como preocuparse por esas nimiedades. Se le esbozaba una sonrisa y le temblaban las manos, pero iba a escribir a como diese lugar.

Dale. Seguí apareciéndote en cada rincón de mi existencia, sin permiso y sin preguntar, demostrándome que tenés todo tan bien puesto y en un orden tan perfecto y minuciosamente hecho que poco te importa el mundo. Seguí sonriendo, sonriendo así, con esa belleza que se te escurre por cada poro, sonriéndole a otros, sonriéndole a otras pero no a mí, de tu sonrisa sólo me queda el leve recuerdo de esa noche ¿Acaso olvidaste la mía? ¿Acaso recuerdas la expresión de mis ojos, miedosos y  creo que hasta enamorados? Seguí. Ahí afuera, viviendo como si yo no existiera, al fin y al cabo no es que haya llegado hace mucho a marcar tu vida, pero vos llegaste a poner todo en su lugar, a devolverme el orden, a darle orden a este caos. Seguí, seguí así, sin aparecer ni en las curvas, sin pensar que me estoy desvelando por vos, sin pensar que tu recuerdo me talla en el cuerpo, sin darte cuenta que con solo pensar en lo que podemos llegar a ser me tiembla el alma, porque se hace de día o de noche y te pienso todavía. Porque llegaste hace  algún tiempo a mi vida, y sé que no lo has notado pero siento algo por ti, siento lo justo, lo justo revuelto con miedo, lo justo para crear brillos en mi mirada. Te conozco hace poco pero sé que es lo justo para querer conocerte más.

Leyó dos veces lo que acababa de escribir. Le temblaba el cuerpo y se le erizó la piel.

Presionó la tecla enter y de un golpe cerró el computador. Había mandado el corazón que se acababa de arrancar todavía vivo y latiendo en ese mensaje.

Carta al tiempo

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Apreciado, querido, odiado y temido señor.

Me dirijo esta calurosa noche de junio hacia usted porque no tengo nadie a quién más dirigirme para responsabilizar sobre la queja que tengo, aunque más que una queja, diría yo, es una súplica incesante ante su inclemente transcurrir.

Yo se que para usted es muy difícil escuchar tantos pedidos, solicitudes, tantas quejas y reclamos, a lo mejor por eso es que no tiene buzón de sugerencias, a lo mejor es que por eso no tiene un sitio para vivir definido, unos pidiéndole que se detenga y otros pidiéndole que avance más rápido ¿A quién complacer primero?

No escribo para hacerle algún pedido en específico, por eso puede estar tranquilo, sino más bien para manifestar mi preocupación porque siento que usted, señor tiempo se me está llevando la vida, una vida hermosa, que tiene sus días claros y sus días oscuras, pero es mi vida al fin y al cabo, siento que su transcurrir se me escurre entre los dedos, y si bien el agua hay que dejarla correr, cada pequeña partícula siento que intenta quedarse adherida en mis dedos, siento la necesidad de retenerla por un poco más de tiempo.

Decían que el tiempo Cronos era entonces aquel objetivo, aquel del consenso, segundos, minutos, horas, días, tic toc tic toc tic toc tic toc, siento el reloj en mi cabeza, y decían que el tiempo Kairós representaba el tiempo subjetivo, el personal, aquel tiempo que no se medía sino que se vivía…¿A quién de ustedes debo entonces dirigirme en una próxima ocasión?

Siento que el futuro se hace pasado, dígame por favor señor tiempo que esto no es así, júreme que estoy equivocada, que mi percepción está fallando, porque siento que cada vez que estoy viviendo, mi reserva es menor, es como si estuviésemos en una competencia donde ni usted ni yo ganamos, donde mi preocupación es irrelevante porque se que usted no parará.

Por lo anterior y por razones que no alcanzo a plasmar en este trozo de papel, escribo entonces para proponerle una cosa. No tiene que aceptar, pero tampoco se tiene que negar. Yo esperaré su respuesta, no se afane que aunque no tenemos tiempo, usted es el tiempo. Vengo en son de paz así nunca hayamos tenido una guerra, busco dejar de huirle, de temerle, de pasar noches llorando por usted, de dejar de ser insomnio, de dejarlo pasar… ¿Qué tal si usted y yo nos aliamos esta noche bajo la luna, en presencia de pocos testigos y yo lo empiezo a amar?