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Tag Archives: Frío

Celos

Celos.

Ce-los.

Una palabra amarga, pero no puedo evitar pensar en ella, en las peores dos sílabas que jamás se han unido para intentar armonizarse. Pero algo así jamás será armonía, así como tu y yo no lo somos ¿Son los celos expresión de amor? Son los celos el indicio que me dice que me estoy empezando a enamorar.

Suena duro, suena fuerte y revelador. Hace menos de un mes suspiraba por otro, pero así es la vida. Uno no se da ni cuenta, cuando de repente comienza a sonreír con las palabras de alguien. Cuando comienza a imaginar su presencia en las más oscuras de las horas y en los más claros de los días, cuando las palabras que cruzan comienzan a suscitar un latidito en el corazón, haciendo que aparezca una sonrisa y que ruegue para que las palabras nunca dejen de salir, que la conexión perdure.

Celos  porque quiero que esa mirada me mire a mi. Quiero ver esos ojos enamorados, quiero ver la cara que pones cuando ves que te hablo, quiero escucharte hablar, sentir tu abrazo protector y ser una extensión de tu cuerpo, especialmente en estas noches de frío y soledad. Quiero tenerte, te quiero querer y quiero que me quieras. Aquí, a mi lado, o allá, a tu lado. Me es indiferente dónde, el todo es poder suspirar por esa sonrisa, y que te des cuenta que me estoy empezando a enamorar. Compartir un café, bailar bajo la lluvia, beber el más dulce de los vinos, mirar en silencio la luna, caminar tomados de la mano escuchando nuestros pasos, mirarte con complicidad, saber que estás conmigo y no te vas de mi lado. No sentir más celos ni amargura por no tenerte, saber que por fin me he enamorado del hombre que es.

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Martina

Eran las once de la noche.

11:00 pm de un jueves de octubre.

Martina estaba caminando rápidamente hacia el subterráneo, mientras los huesos le temblaban, mientras el frío le acariciaba la piel. Tenía la nariz roja, y sus manos metidas en los bolsillos del gabán que llevaba consigo desde que había partido de Argentina. No sólo le temblaba el cuerpo por el frío del ambiente: sentía hielo que le cortaba el alma en dos, pero quería creer que era sólo causa del clima, no quería revivir las noches del pasado en que recorría ese camino atada a una cintura, atada a otro cuerpo al que habría de amar al llegar. 

Hacía un mes que la había dejado, pero ella no podía soportar seguirlo viendo todos los días en el mismo lugar que ella trabajaba, no entendía por qué amaba y odiaba tanto a ese mesero que a punta de canciones de Sabina y postres hechos por él la había enamorado profundamente. El camino hacia su casa, se le hacía más largo pues se la pasaba evocando los mil días que pasaron juntos, los momentos alucinantes y recordándolo a él, sintiendo su aroma en cada callejón e imaginando su presencia en cada esquina.

Recordaba cuando por primera vez le había robado un beso: ese viernes de enero tarde tarde, mientras barrían el restaurante a oscuras la cogió por detrás y sin pedir permiso se hundió en su boca por un momento que pareció eterno….ella no sabía que decir, pero él la calló citando a Alejandro Pizarnik: “Partir en cuerpo y alma partir” y entre risas la dejó allí plantada sin saber qué hacer. Ese día, entre sonrisas, corrió a su casa y bailó bajo la luna como nunca hasta el amanecer: su petición había sido escuchada y no podría estar más feliz. Las semanas siguientes fueron derroche de felicidad, derroche de caricias y de pasión, los besos que no podían aguantar se los daban como ladrones escondidos en el baño del restaurante huyendo por un instante del mundo.

Él vivía cerca de Martina, unas cuadras más arriba, pero desde que empezó a mirarla con las gafas del amor poco tiempo pasaba en su casa. Después de trabajar, se iban juntos en el subte acariciándose las ganas, soportando el frío entre los dos, unidos como si fueran uno sólo en su pequeño mundo en esa enorme ciudad. Amanecían cantando, acurrucados en la manta de rayas de colores , contando estrellas y de vez en cuando les daba por pintar, por pintarse con óleo la piel.  Fueron sus días más felices, más dulces, nunca se les había visto tan sonrientes, tan brillantes, pero luego pasó lo que siempre pasa.

La vida.

De repente, él no quería más besos a escondidas en el baño y parecía cansado cuando caminaban hacia la casa en las altas horas de la noche, ella no entendía qué pasaba pero tampoco había intentado preguntarle. En su mirada, no había lo mismo que al principio y respondía a las preguntas que ella le hacía con palabras que le dolían en el alma. Una noche, cuando ella no lo esperaba ocurrió lo peor. Lo que se venía avecinando semanas atrás, aquello que le desangró el alma como el balazo más profundo, ocurrió el momento que detonó su angustia pero los liberó.

 Estando en la puerta de la casa de Martina, él sacó de su bolsa una caja. Grande, pintada de azul. Azul cielo, el color de los dos. Se la puso entre las manos y ella abrió sus ojos como nunca lo había hecho. Él la abrazó y se marchó. Martina gritaba y lo trató de perseguir, pero mientras más corría y lloraba, más lejos parecía estar él. Cayó al suelo, golpeando todas sus tristezas contra el duro cemento que cubría las calles de su barrio y dejando allí sus lágrimas pero nunca soltó la caja. Cuando la destapó, encontró los versos faltantes de Pizarnik que él le había susurrado la primera vez:

“Partir 
deshacerse de las miradas 
piedras opresoras 
que duermen en la garganta. 
He de partir 
no más inercia bajo el sol 
no más sangre anonadada 
no más fila para morir. 
He de partir 
Pero arremete ¡viajera! “